3:33 a.m.

000Solía pasar las noches conectado, intercambiar ácidos tuits era una forma divertida de pasar mis noches de soledad, le daba like a fotografías de chicas bellas sabiendo que levantaría su ego pero, que nunca responderían, ese juego de los likes siempre suele ser unilateral, una forma de decir “¡Hey! Te vi y me gustaste así que, tenme presente aunque no sepas ni quién soy, ni como pienso”. Si en la vida real una manada de desconocidos hombres hambrientos te sigue, es motivo suficiente para que huyan despavoridas, en cambio, en la vida virtual, mientras más lo hagan… Mejor. Nunca analicé que pensaban las mujeres al subir fotografías tomadas desde arriba con escotes pronunciados. No lo analizaba, solo lo disfrutaba como los cientos de tipos que les ponían “me gusta” mientras goteaban saliva lujuriosa sobre sus teclados.
Alternaba entre redes sociales, discutía en tuits por el simple placer de enojar a los usuarios y me regodeaba con los posts “artísticos” de poses sugerentes.

En la red uno puede ser lo que desee ser, tan irónico, sarcástico, encantador, sensual, aventado, tierno o puedes transformar tu personalidad dependiendo de tus interacciones. Yo jugaba con personalidades distintas, todos jugábamos con personalidades distintas, en redes el tímido podía ser extrovertido, el penoso ser Casanova, el timorato, una máquina de sensualidad. Así que cuando vi el primer mensaje de inbox de una cuenta en el que el avatar, era una hermosa dama, supuse que era otra persona jugando a ser lo que en la vida real jamás se atrevería y… Jugué.
Recuerdo la hora, 3:33 de la madrugada, la recuerdo porque lo primero que le dije fue “los deseos son a las 11:11” y su respuesta fue similar a las usadas siempre después del “hola, vi tu perfil y te me hiciste interesante” y ambos jugamos al juego de seducción virtual entre desconocidos y dijimos lo que nunca… diríamos de frente.

Pasé buena parte del día siguiente leyendo y releyendo los mensajes, no me pregunten la razón, no la sé, simplemente no podía dejar de pensar en esas palabras sueltas en la red que hablaban de todos los matices de caricias, desde el tierno roce de la yema de los dedos hasta la profunda llaga de los dientes encajados en la suave piel. No podía olvidar la charla, se me enchinaba la piel de deseo, en lo único que podía pensar, era en estar en la soledad de mi habitación escribiéndole mis oscuros anhelos y recibir sus respuestas cargadas de sexualidad.
Pasaron semanas así, mis ojeras hablaban no solo de la espera en la madrugada para que estuviéramos online sino de la mi autosatisfacción al quedarme iluminado con la imagen de su avatar y mi imaginación. Estaba siendo, literalmente, consumido por el deseo.

Le pedí, le rogué para que nos conectáramos a través de las cámaras. Al principio se resistía, decía que quizá después de verla no la querría, si ella supiera que hacía días que ya no era un juego, que había desnudado mi alma, que había dejado sueltos todos mis demonios internos para hacerle espacio dentro mío, quería que supiera que mis sueños lúcidos y húmedos llevaban su nombre, que mis dedos tecleaban su nombre, que mi ojos se perdían en su avatar. Necesitaba que en mi mirada leyera que la amaba a una profundidad que nunca había soñado y que mis letras poco, o nada, podrían dejarle conocer la autenticidad de mis emociones.

Son las 3:33 a.m., el día es hoy, al fin accedió. Cambié los fríos focos led por unos bulbos de luz cálida, incluso en cámara, quise crear una ambientación que fuera digna de ella. No he estado tan nervioso desde mi primera vez.
La pantalla se ilumina, en ella aparece el rostro que he soñado desde hace días, es incluso más bella con movimiento que en su fotografía. Estoy en silencio, no sé que decir, solo puedo verla y entonces ella me sonríe y el mundo se ilumina. Me empieza a dar indicaciones, me pide que me ponga de pie y de una vuelta, lo hago con gusto, me pide que me desnude al ritmo de una música que pone y la complazco, su risa es tímida pero sus ojos, su ojos me devoran, me cohíben, siento que traspasan mi piel y aferran mi alma.

Le pido lo mismo y ella gira pero no se desnuda, dice que quiere verme, que desea sentir placer al verme tenerlo. Le pido que lo hagamos juntos y sacude su pelo en una negativa, ella quiere verme y… La complazco… Me complazco… Y en la explosión de mi ser le digo que la amo. Ella sonríe “¿Me amas? ¿Darías todo tu ser por mí?” Contesto que sí, le digo que no hay nada más que ella, que yo sin ella no soy y no seré nunca más, que soy suyo y siempre lo seré. Sonríe otra vez y en el acerado frío de su mirada, la luz se apaga, mi luz… se apaga. Mi soledad nunca fue tan profunda, tan dolorosa, tan cruel.

Son las 3:33, ella está online, escribiendo palabras de amor, no a mí, nunca a mí, yo solo soy una parte de su colección, un avatar congelado en su inbox, condenado a amarla y sufrir por no ser correspondido, a estar atrapado en una espera eterna hasta que ella, siempre a la misma hora, se conecta para atrapar a otra alma en su oscuridad. Pero, aún sabiendo lo que sé, verla y sentir sus dedos sobre la pantalla me hacen estremecer de deseo, de anhelo, de amor.

Ojalá leas esto, no es un invento, recuerda que se dice, nunca en mayúsculas, que los dolidos tuits cargados de indirectas son su alimento, que la dirigen a ti, que le indican como y cada noche, ella, la que se alimenta del dolor, a uno, quizá a ti, te dirija, te traduzca y te envuelva en su enfermizo amor virtual… Tal como a mí.

Autor: Raúl Sales Heredia

@RSalesH

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Caperucita y el Lobo en los Tiempos de la Era Digital

00Empezaré diciéndoles que este no es un cuento cualquiera.
Ocurre en un bosque citadino, con una caperucita inédita y un lobo infinito, vegetariano y New Age. Biólogo y amante de los animales.
Caperucita escritora no tenía tiempo para citas al viejo estilo. Decidió crearse un perfil en Tinder.
El lobo le sonreía a la pantalla del celular. Una caperuza escritora, con lentes y un aire un tanto nerd, le venía como anillo al dedo. Algo novedoso, un cambio radical en su estilo. ¿Qué perdía? Nada. Acaba de colgar con la abuela: esta le había dicho, por enésima vez, que su nieta había tenido un compromiso de última hora.
Entonces, iba a darle la oportunidad a esa nueva aplicación. Concertó la cita y estuvieron de acuerdo en encontrarse en el bosque a las afueras de la ciudad.
Era día de entrega y caperucita después de teclear el último párrafo del escrito se vio en el espejo, y salió.
El lobo esperaba ansiosamente en el claro del bosque. Vestía unos jeans vintage y una camisa de algodón orgánico. Las manos le sudaban, era noche de Luna llena. Momentos después caperucita en algún lugar del bosque rompía en llanto desconsoladamente. Estaba perdida, se le estaba haciendo tarde para su cena romántica con el lobo y había dejado el iPhone en la mesa antes de salir… Quizás no fue buena idea probar con las citas de la nueva era tecnológica. Se podía ir olvidando del bendito Tinder. Para una despistada como ella, era necesario volver a los viejos métodos. En lo que encontrara la manera de salir del bosque, llamaría a la abuela y le diría que si: finalmente aceptaba salir con la cita que le había planeado. Después de todo, no estaría tan mal salir con aquel lobo del cuento.
Y es que cuando el destino habla… los demás que se queden callados.

Autora: @marelaga

CTHULHU ONLINE

01Ella vuelve a casa y deja sus cosas en la sala. Come cualquier cosa a solas en la cocina y se apresura a entrar a su cuarto. Enciende la pantalla para seguir la conversación de setecientas horas, que cada noche la desvela. Teclea un saludo y no tarda en aparecer. Como siempre él se excusa por no poder mostrarse. Ella es paciente y recorre en su imaginación todos los posibles rostros de su amado. Del otro lado de la pantalla, recorriendo asfalto y arena, a lo largo de miles de kilómetros de cables y circuitos, adentrándose en la mar océano, hasta la ciudad dormida de R’lyeh, miles de ojos la miran hambrientos, esperando la llamada.

Autor: Alberto Sánchez Argüello

@7tojil

El Camino de Santa

01Cada víspera de Navidad acompañaba a mi mamá al hogar de niños huérfanos. Para mí esa cita era una fiesta, me perdía en los jardines y me confundía con los chicos, sin tener conciencia entonces de todo lo que yo tenía y a ellos les faltaba. Aquel 24 de diciembre habíamos llevado comida para la mesa navideña y juguetes para regalar. Recuerdo que, en medio de la algarabía general, un chico llamado Rocco, a quien me gustaba considerar mi amigo, me dijo que había pedido una pista de carreras.
-¡Yo también pedí una de esas! -respondí, eufórico.
-Pero seguro que vos vas a tener mejor suerte… por acá, Santa Claus no pasa nunca.
Sus palabras sonaron como una bofetada pero fue su mirada, en realidad, lo que me produjo aquella inexplicable tristeza. Rocco no era un incrédulo, uno de esos que andaban diciendo por ahí que Santa no existía y que eran los padres los que traían los regalos (como si los padres pudieran ir y volver del Polo Norte volando en trineo y todas esas cuestiones). Era peor que eso. Rocco creía, pero no esperaba. Sentía que su suerte estaba echada y las sorpresas felices no figuraban en su destino.
Volví a casa con un gran desconcierto. De repente sentí la necesidad urgente de ver a Santa, ya no por la mera curiosidad infantil, ni por los regalos que, en ese momento, habían dejado de interesarme. Quería preguntarle algunas cosas. ¿Cómo era posible que dejara de lado a ciertos niños? La idea me resultaba sencillamente inconcebible.
Así que me dispuse a pasar la noche en vela, como tantas otras Navidades, pero al igual que en todas las anteriores, justo a la hora señalada me venció el sueño inoportuno. Me despertaron algunas risas ahogadas (acaso un “jo-jo-jo” lejano), ruidos difusos en el techo en los que creí adivinar las pisadas de los renos y, al fin, los pasos apresurados de mi papá en la escalera. Al asomarme vi muchos paquetes al pie del árbol iluminado y dos copas de champagne vacías. Yo siempre había sospechado que se conocían, pero no que bebían juntos, y mucho menos teniendo en cuenta que Santa tenía que seguir conduciendo toda la noche… ¿Sería por eso que olvidaba pasar por algunas casas? Ahora los ruidos nocturnos se parecían más a unos pasos tambaleantes, a un trineo zigzagueando sin rumbo en el firmamento estrellado.
No tenía respuestas y tampoco consuelo, sólo la desesperanza de Rocco invadiendo la Navidad toda. Ni los regalos conseguían remediar esa desazón que sentía. Hasta que, justamente mientras abría mi deseada pista de carreras, lo comprendí todo. La volví a envolver lo más prolijamente que supe, le escribí en grandes letras “Rocco” y me fui directo al hogar, a entregarle a mi amigo el regalo que Santa Claus había dejado en mi casa para él. Porque si Santa se detenía un poco más de lo conveniente en donde encontraba calor de hogar, había que llevar ese calor adonde no lo había tanto. Porque si a veces el reparto se le hacía muy largo y pesado, era justo darle una ayuda, allanarle el camino, en compensación por todo lo bueno que de él siempre recibíamos.
Los destellos de felicidad que llenaron los ojos de Rocco esa mañana, nunca los había visto antes y me acompañan desde ese día. Es el mismo brillo que reconozco en los ojos de mis hijos, cuando le abro camino a Santa y a sus regalos, en cada Navidad.

Autora: Silvina Palmiero

               @lacontaok

Posdata de Una Navidad

000Cuando la vi por primera vez no creí que iba a ser la persona con la cual compartiría muchas cosas; era tan bella que nunca pensé en mí, siempre pensé con tan solo mirarla en hacerla feliz e imaginarme mis retoños qué tan hermosos podrían ser… Ella era aquella persona que había dibujado en cada una de mis utopías.
Habían pasado ya años de permanecer juntos en comunión el uno con el otro, se podría decir que estábamos felices a pesar de nuestros sinnúmeros de diferencias. No siempre pasábamos las navidades juntos, a veces cada cual con sus padres. Cierto día de Nochebuena luego de haber charlado de todo con esa dualidad que nos caracterizaba; decir por ejemplo desde una frase de amor de Neruda hasta una frase perversa de Sade, nos despedimos como siempre con la promesa de pronto volvernos a encontrar, debería ser el próximo año pues las distancias de nuestras ciudades eran muy lejanas y ella estaría de vacaciones hasta el nuevo año.
Copulaba la tarde con la noche en un bello ocaso de navidad y yo, sentado en una roca a orillas del mar me encontraba con mis pensamientos en ese ser que me ayudaba a ser mejor, porque ella era eso era para mí: el salvavidas cuando me estaba ahogando el mar de la vida; luego de tan excelso espectáculo que me regalaba la naturaleza me dispuse a ir a mi departamento a descansar puesto que al día siguiente tocaba laborar.
La noche me arropaba en mi cama y yo divagaba taciturno en mi alcoba… de repente para sorpresa mía ahí estaba ella, entre sombras y tinieblas vestida de rojo carmesí, desnudando su belleza y vistiéndose de lujuria con un lazo rojo debajo de su espalda, era mi regalo predilecto, entonces sentí por primera vez que era totalmente mía después de años de estar juntos.
Puedo decir que esa noche el amor nos hizo el uno para el otro.
Luego de esa noche de Navidad no hubo otra igual, jamás se volvió a repetir tan magno evento; hoy analizo cada arista dentro de mí y llego a la conclusión que la extraño, no sé si extraño el momento o la extraño a ella, pero extraño y mucho.

Autor: @Tinta_Oscura

 

Atrapada En Navidad

Ella tenía00 una puerta secreta tras el espejo de su armario, nadie lo sabía, así que encerrada en sus cuatro paredes, la creían segura.

Noche a noche escapaba para vivir lo que en su realidad no podía, en víspera de navidad al entrar a su escóndite se quedó atónita; sentado en el desván, estaba su carcelero.
—¿Cómo es que me descubriste? —Preguntó ella.
—Siempre he sabido que tú eras la fugitiva —Contestó él—, pero decidí dejarte seguir
soñando porque yo soy el que inspira tus letras, aunque tú no lo sepas.

La abrazó y ella llena de amor, con un sublime beso le correspondió.

Autora: @Fugitiva_yo

RSVP

 “La cena de navidad co02n su madre y su padre. Una tradición familiar que supo mantener, incluso tras su ingreso al orfanato”. Así lo escribí en mi diario, esa lejana mañana que aún conservo entre mis pocos y cada vez más tenues recuerdos.
Agonizaba el año y el frío reinaba en ese oscuro amanecer invernal. A mi alrededor, los niños más pequeños gritaban alborozados, saltaban incansables y no cesaban de manifestar su excitación al abrir el regalo que con su nombre, había dejado Santa Claus bajo el árbol. Muñecas remendadas, carritos con llantas impares o puertas desvencijadas, pelotas roídas por el tiempo y el asfalto, una flauta muda; en fin, preciosos objetos que ya no alegraban a sus dueños originales, pero que Miss Chloe, los vecinos del lugar y los voluntarios de la fundación habían recolectado, limpiado, pintado y tratado de reparar con paciente amor, a lo largo del mes. Yo hacía un par de años, quizá, que no esperaba nada: después de tu primera regla eres una especie de bicho extraño que no encajas en la candidez de una niña, pero que tampoco eres aceptada en el mundo adulto. Te dicen que dejas de disfrutar de los juegos de niñas y que, en cambio, se despierta en ti una rara e inevitable atracción hacia los chicos.
Supongo que tenían razón porque eso era, precisamente, lo que yo experimentaba por Max. El día que él llegó al hogar de niños huérfanos, lo vi caminar hasta la sala de estar y derrumbarse en el sofá, en tanto que dejaba en el piso una pequeña bolsa de tela con sus pocos efectos personales. Si no estaba en el cuarto de los niños mayores, usualmente permanecía sentado en el mismo sofá, guardando silencio por horas, absorto y con la mirada perdida en el infinito que se dibujaba tras el viejo ventanal. Tímido en exceso, cabizbajo y con la mirada anticipando el siguiente paso, nunca le escuché pronunciar palabra alguna enfrente de los demás niños y solo se limitaba a obedecer cada instrucción que Miss Chloe nos daba a todos, por igual: lavarse las manos, sentarse a comer, bañarnos, levantarnos, acostarnos, lavar los platos de la cena, limpiar los cuartos…
Max siempre ha sido un niño muy lindo, a pesar de ser tan pobre. Viste la misma ropa limpia del primer día y en todo este tiempo que ha transcurrido, los años pasan por su lado sin siquiera tocarlo. Mantiene su corte de cabello impecable, su rostro triste, hermosos ojos verdes y sus manos muy cuidadas. Nadie, excepto yo, lo echa de menos si no está presente. Tampoco lo incluyen en ninguna actividad, cuando sí lo está. Es como si fuera invisible, incluso para Miss Chloe. Nunca lo he entendido, en realidad.
Aunque ahora que lo pienso, desde esa madrugada de navidad en que me despertaron aquellas voces en el comedor y decidí acudir allí, a hurtadillas, para encontrar a Max cenando a escondidas con sus difuntos padres, todos me tratan como si yo tampoco existiera. Solo he visto a Miss Chloe sollozar con amargura y profunda tristeza, mientras acaricia la última página escrita de mi diario; el mismo que guarda meticulosamente en el cajón derecho de su escritorio de nogal.

Autor: @Al_feizar