La más bella salvaje del Oeste

Mis botas tan solo llevan polvo, mis venas únicamente whisky y mis pistolas, balas. Pero el corazón, ese lo llevo repleto de añoranza…

La primera visión que tuve de ella fue como una especie de loca brujería que hizo que me estallara algo en el pecho. La conocí en el páramo, allá donde la luna derrama impunemente su agua de luz blanca. La estuve observando durante un largo rato, escondido tras los matorrales. Me había adentrado en territorio indio y sabía que tal osadía, si me descubrían, podría pagarla con mi vida, o lo que era peor: con torturas sin fin como solo los bárbaros sanguinarios eran capaces de inventar.

Ella jugaba con sus hermanos bajo el cielo estrellado; salvaje, morena, inocente y libre. En aquel preciso instante supe que su brío, sus formas bravas y su carne oscura habrían de ser mías por siempre, aunque por ello tuviera que incumplir las leyes del cielo, de la tierra y del averno.

Me deslicé sigiloso arrastrándome despacio por la tierra. Cuanto más me acercaba, más se me desbocaba el corazón y más belleza apreciaba en ella. No era posible que tal criatura fuera de este mundo, quizás el licor y el sol del día provocaban en mí tal alucinación. Pero no, era real; tan cerca estaba ya que el polvo que levantaban ella y sus hermanos en su juego nocturno se depositaba sobre mí.

Tenía que ser rápido, directo, contundente. El más mínimo fallo haría que su rapto se convirtiera en una mera ilusión.

Cuando creí que ella podría escuchar mis potentes latidos, me abalancé sobre su cuerpo con arrojo y determinación. Los hermanos huyeron levantando una nube de polvo que nos envolvió. Ella se movía nerviosa bajo mi peso. Era fuerte y lozana, tuve que hacerlo por su bien y por el mío: le asesté un puñetazo rotundo en el rostro que la dejó un tanto confundida. Le hablé suave y pareció calmarse.

Nos miramos a los ojos largo rato. Era impetuosa y su orgullo le impidió retirar la mirada. Yo me enamoré de ella al instante, perdido en la negrura indómita de sus ojos profundos. Ella quizás lo hizo algo más tarde.

Aunque no hablábamos el mismo idioma nos entendimos pronto a la perfección. Aunque su sangre pura la hacía más terca, su cuerpo se dejó querer y se acopló completamente con el mío. Siempre me gustó montar a una buena hembra, joven, sana y briosa.

La protegí, la cuidé y la consolé de sus miedos y sus tristezas. Le dediqué infinitas caricias, atenciones y desvelos. Me gustaba especialmente su larga y suave cabellera negra, brillante y, aunque ella la prefería suelta, yo la peinaba con delicadeza y ocupaba mi tiempo en hacerle trenzas que le hacían el rostro algo más cándido y le dulcificaban los duros rasgos propios de su raza.

Por las noches me deleitaba en mirarla mientras dormía. Parecía increíble que un hombre rudo, curtido y hosco como yo, fuera capaz de amar de una forma tan pueril y a la vez tan profunda.

Hoy ya quedan atrás aquellos dichosos días de felicidad compartida, de fruición de pieles cálidas y de paseos nocturnos. Fue Wyatt Feny, El Usurero, quien me la arrebató de tres disparos en el pecho; quien la dejó agonizante entre mis brazos. Desde entonces mis manos están llenas de sangre y de odio.

Ahora vago por las tierras sedientas como un alma condenada por el infierno, y sé que la muerte me queda cerca porque me envenena esta nostalgia. Ahora mis botas tan solo llevan polvo, mis venas únicamente whisky y mis pistolas, balas. Pero el corazón, ese lo llevo repleto de añoranza por mi dulce, salvaje, fiel e indómita potranca.

 

Autora: @CristinaSelva

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